Tecnología: la naturaleza de mi experiencia

Somos seres tecnológicos y todas las tecnologías cambian a medida que las utilizamos. De acuerdo con Marshall McLuhan, “damos forma a nuestras herramientas, y a partir de ese momento ellas nos dan forma a nosotros”.

Gracias a la tecnología, poseemos un control que nunca antes habíamos tenido. Pensemos por ejemplo que antes de la invención de la imprenta, reproducir un libro era una labor que requería cientos de horas de trabajo artesanal especializado. Los sonidos grabados, se reducían a lo que podía registrarse físicamente en una sustancia como el vinil. El cine y la fotografía dependían de sustancias químicas caras y limitadas, rollos delicados e inflamables de película cuidadosamente preparada.

Sin embargo, todo eso ha cambiado radicalmente. En la actualidad se sube a la red cerca de una hora de video por cada minuto de tiempo real que transcurre. Nos hemos acostumbrado a la idea de una sobreabundancia de información. Sin embargo, tras nuestra resignación ante el hecho de que ahí afuera hay mucha más de la que podemos consumir, hay una curva cada vez más pronunciada, pues la suma total de información digital continúa creciendo a un ritmo sin precedentes.

Lo más importante es que cuando personalizamos una computadora o un dispositivos digital, no estamos creando un objeto como cuando escribimos un libro, pintamos un cuadro o trazamos un mapa; estamos poniendo en marcha un sistema para que otros exploren e interactúen con él. Estamos construyendo otros mundos.

Si nos interesa convivir con la tecnología de la manera más provechosa posible, debemos tener claro que lo que más importan no son los dispositivos concretos que utilizamos, sino para qué los utilizamos. Los medios digitales conforman una tecnología de la mente y de la experiencia.

Analicemos la rutina de mis propias experiencias digitales. En un día promedio, envío y recibo varios mensajes de texto, leo y mando entre 10 y 20 mensaje de correo electrónico, escribo varios tuits y paso entre dos y cuatro horas sentada frente a la pantalla de una computadora, leyendo, escribiendo e interactuando en línea.

La pregunta sería ¿a qué dedico ese período de entre dos y seis horas? No estoy segura de la respuesta, pero revela mucho sobre la naturaleza de mi experiencia. Por ejemplo si leo un libro, leo el mismo que muchas personas y seguramente de la misma manera: de principio a fin, que no es lo que ocurre cuando utilizo Facebook.

En Facebook no actúo sola, entro en un espacio público e interacciono con las personas y objetos que encuentro alrededor. Puedo actualizar mi estado, seguir los enlaces publicados por algunos amigos, involucrarme en una discusión, ver videos, consultar mi correo, escuchar música, entre otras cosas.

En una hora en línea he compartido noticias y opiniones con decenas de persona, y me gusta pensar que puedo aplicar estas experiencias a otras interacciones sociales de mi vida y reflexionar sobre: cuánto he conseguido aprender o comunicar; hasta qué punto he conectado emocionalmente con los demás; cuánto se han visto enriquecidos otros aspectos de mi vida.

Tal vez esta sea la razón de una tendencia a dotar de una mayor profundidad a los espacios públicos en el panorama digital, por personalizarlos y humanizarlos a toda costa y esto explica el afán por conseguir que los aspectos digitales de nuestra vida sean aún más complejos y caóticamente humanos.

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