Errores divertidos

En Brujas
En Brujas tratando de hacer una foto panorámica con mi iPhone.

Con la tecnología nunca se sabe. Muchas veces me ha pasado que tengo un problema con un aparato. Me paso horas tratando de resolverlos, busco tutoriales, manuales de usuario y cuando me doy por vencida y aparece un técnico, resulta que como por arte de magia, el problema se ha solucionado.

Sin embargo, a veces pasan cosas divertidas. En este caso se trata del mode “panoramic” del iPhone. Cuando lo descubrí fue como si me dieran una bolsa grande de besitos Hershey mientras veo una película de Woody Allen.

Así que decidí probarlo. Very cool debo decir. Pero mi primer error fue pensar que porque la foto es panorámica el teléfono debe colocarse en esa posición. Mistake, en esa posición no pasa nada. Debes mantenerlo vertical.

iPhone
En el patio del Museo Louvre tratando de hacer una foto panorámica con el iPhone.

Lo chévere fue que mientras encontraba cómo se hacían estas fotos me salieron unos engendros espontáneo de lo más interesantes.

Son imágenes esquizofrénicas partidas por la mitad y que una parte no tienen que ver con la otra.

O la imagen de repite cortada como si se hubiera tomado de arriba hacia abajo. En fin que se ven muy divertidas y originales. Ahora si me dicen que haga este tipo de foto de manera consciente, pues no podría hacerlo. No tengo la menor idea cómo salieron así.

Es la magia de la fotografía en combinación con la incertidumbre de la tecnología. Me recuerda mucho a la fotografía análoga y lo que se puede hacer con las cámaras “lomography”.

Inténtalo a ver qué te sale. Mis panorámicas quedaron bellas, pero estas son muy divertidas.

En el patio del Museo Louvre intentando hacer una foto panorámica con mi iPhone.
En el patio del Museo Louvre intentando hacer una foto panorámica con mi iPhone.
Foto originales con el iPhone.
Foto originales con el iPhone.

Tecnología: la naturaleza de mi experiencia

Somos seres tecnológicos y todas las tecnologías cambian a medida que las utilizamos. De acuerdo con Marshall McLuhan, “damos forma a nuestras herramientas, y a partir de ese momento ellas nos dan forma a nosotros”.

Gracias a la tecnología, poseemos un control que nunca antes habíamos tenido. Pensemos por ejemplo que antes de la invención de la imprenta, reproducir un libro era una labor que requería cientos de horas de trabajo artesanal especializado. Los sonidos grabados, se reducían a lo que podía registrarse físicamente en una sustancia como el vinil. El cine y la fotografía dependían de sustancias químicas caras y limitadas, rollos delicados e inflamables de película cuidadosamente preparada.

Sin embargo, todo eso ha cambiado radicalmente. En la actualidad se sube a la red cerca de una hora de video por cada minuto de tiempo real que transcurre. Nos hemos acostumbrado a la idea de una sobreabundancia de información. Sin embargo, tras nuestra resignación ante el hecho de que ahí afuera hay mucha más de la que podemos consumir, hay una curva cada vez más pronunciada, pues la suma total de información digital continúa creciendo a un ritmo sin precedentes.

Lo más importante es que cuando personalizamos una computadora o un dispositivos digital, no estamos creando un objeto como cuando escribimos un libro, pintamos un cuadro o trazamos un mapa; estamos poniendo en marcha un sistema para que otros exploren e interactúen con él. Estamos construyendo otros mundos.

Si nos interesa convivir con la tecnología de la manera más provechosa posible, debemos tener claro que lo que más importan no son los dispositivos concretos que utilizamos, sino para qué los utilizamos. Los medios digitales conforman una tecnología de la mente y de la experiencia.

Analicemos la rutina de mis propias experiencias digitales. En un día promedio, envío y recibo varios mensajes de texto, leo y mando entre 10 y 20 mensaje de correo electrónico, escribo varios tuits y paso entre dos y cuatro horas sentada frente a la pantalla de una computadora, leyendo, escribiendo e interactuando en línea.

La pregunta sería ¿a qué dedico ese período de entre dos y seis horas? No estoy segura de la respuesta, pero revela mucho sobre la naturaleza de mi experiencia. Por ejemplo si leo un libro, leo el mismo que muchas personas y seguramente de la misma manera: de principio a fin, que no es lo que ocurre cuando utilizo Facebook.

En Facebook no actúo sola, entro en un espacio público e interacciono con las personas y objetos que encuentro alrededor. Puedo actualizar mi estado, seguir los enlaces publicados por algunos amigos, involucrarme en una discusión, ver videos, consultar mi correo, escuchar música, entre otras cosas.

En una hora en línea he compartido noticias y opiniones con decenas de persona, y me gusta pensar que puedo aplicar estas experiencias a otras interacciones sociales de mi vida y reflexionar sobre: cuánto he conseguido aprender o comunicar; hasta qué punto he conectado emocionalmente con los demás; cuánto se han visto enriquecidos otros aspectos de mi vida.

Tal vez esta sea la razón de una tendencia a dotar de una mayor profundidad a los espacios públicos en el panorama digital, por personalizarlos y humanizarlos a toda costa y esto explica el afán por conseguir que los aspectos digitales de nuestra vida sean aún más complejos y caóticamente humanos.

Tecnología: la informática íntima

ImagenCon frecuencia me pregunto cómo podíamos vivir hace un par de décadas sin internet. Esta herramienta es tal vez la transformación más impactante de la sociedad contemporánea y apenas está comenzando.

Ante nosotros se vislumbran novedosas formas de colaboración e interacción cuyas características generales se adivinan tal vez en el hecho de que los teléfonos inteligentes, que con más frecuencia encontramos en más bolsillos, son más potentes que la mayor parte de las computadoras de hace diez años.

El ritmo de estos cambios es algo sin precedentes. La televisión y la radio nos acompañan desde hace más de un siglo; la imprenta, desde hace más de quinientos años. En cambio, han pasado más o menos dos décadas entre el lanzamiento del primer sistema comercial de telefonía móvil y la existencia de más de mil millones de cuentas activas.

Todo esto conlleva información nueva sobre el mundo, en cantidades nunca antes vistas: información sobres quiénes somos, qué hacemos y cómo somos. ¿Qué uso debemos darle a esta información? Y, lo que es igual de importante, ¿qué uso están dándole ya los gobiernos, las grandes empresas, los activistas, delincuentes, las fuerzas de seguridad y los creadores? El conocimiento y el poder siempre han estado estrechamente relacionados. Hoy en día, sin embargo, la información y la infraestructura por la que fluye no solo representa al poder, sino también a una nueva clase de agente económico y social.

De acuerdo con el análisis que hacen algunos autores acerca del mundo digital, estamos adentrándonos en un terreno en el que la naturaleza humana no cambia, pero cuyas estructuras nos son ajenas. El mundo digital actual no es simplemente una idea o un conjunto de herramientas, así como un dispositivo digital no es solo algo que encendamos únicamente por diversión o placer. Por el contrario, para un número cada vez mayor de personas, es un portal a un lugar en que el entretenimiento y el trabajo están igualmente arraigados, un ámbito en el que conciliamos sin problemas amistades, medios, negocios, compras, investigación, política y finanzas entre muchas otras cosas.

Desde los setenta, nuestras máquinas son cada vez más potentes, están más interconectadas y resultan más fáciles de usar. Pero más importante que la potencia es la experiencia que dichas máquinas nos proporcionan. En este aspecto, la gran revolución apenas está empezando, pues esta especie de informática personal, entendida como tener un computador de mesa o uno portátil en una bolsa, está dando paso a algo distinto: tener un teléfono inteligente en la mano o una tableta en la mesa encendido y conectados a la red en todo momento.

Concuerdo con quienes piensan que estamos inmersos en un proceso que nos lleva de la informática personal a lo que han llamado “informática íntima”, que no es más que un nuevo nivel de integración entre la tecnología digital y la vida. Tanto en lugares públicos como en la intimidad de los hogares, la gente maneja los dispositivos digitales personales con una dedicación y una frecuencia que en otro tiempo reservaban para la pareja o la mascota favorita. Para una generación de lo que se ha dado en llamar “nativos digitales” un teléfono móvil es lo primero que tocan cuando despiertan por la mañana y lo último que tocan cuando se acuestan por la noche.